jueves, 21 de febrero de 2008

La Aventura

Subió resuelto los escalones del camioncito, imaginándose como casi siempre estar dando los primeros pasos de una aventura nueva, que le sacudiera el polvo a su aburrimiento. Por eso sus socios no lo entendían cuando lo veían feliz cogiendo por otro camino, más largo, o sonriente porque el autobús del trabajo se rompía, entonces se imaginaba estar cambiando su destino, y hasta el del universo entero, por violar la “sendera lógica” y sorprender la fortuna por la retaguardia: “¡¿A que no me esperabas por aquí…?!”. Pero aquel día iba más contento consigo mismo, porque tenia que llegar al centro de la ciudad a pagar la mensualidad de las clases de francés, tenia un mes para ello, en una tarde de esas que parece que las moscas zumban más alto, como una premonición de instantes infinitos y sosos, así que armado con una sonrisa caminó media hora, hasta la parada donde recién escalaba la improvisada cubierta de la camioneta llena de gente. Avanzó hasta el final mecánicamente por aquello de que iba hasta la ultima parada, entre algunas callejuelas de la Habana Vieja, para después seguir caminando hasta el nuevo transporte, (¡cuanta aventura!), atravesando las secciones más vetustas, que a aquella hora, poco después del mediodía, se presentaría como el cuadro abigarrado de la gente viviendo en casas-histórico-derruidas. Pero eso sucedería después, se dijo, y se paró al fondo, a la izquierda, y miró afuera a través de la maraña de cabillas de la cubierta que se esforzaban en hacer un dibujo rectangular, se agarró casi del techo de lona y miró a sus co-viajeros. Una negra mayor con un niño, un hombre con un sombrero de yarey un poco despeluzado, algunos estudiantes que volvían a sus casas. Y delante, sentada justo en frente, una muchacha de uniforme militar, teniente. Pero en la graduación de encanto debía llegar a comandante. “¿Como fue que no la vi antes?” se preguntaba. Y debía haber sido por el uniforme, y el descolorido que le aportaba todo lo militar. La miró, sus papeles, sus uñas recortadas y cuidadas, sus aretes discretos, su pelo castaño, sus ojos entrecerrados mirando el viento que se le venia encima por un hueco de la cabina. Tenía un aire de distracción alegre, que contrastaba con la vestimenta, y se le ocurrió que venia de una fiesta de disfraces y se la imaginó haciendo una pose encantadora, de fina sátira al saludo militar: seria, erguida, sensual, la tenienta se presenta a sus órdenes. Todo este huracán le pasó ante los ojos que tenia clavados al frente y abajo, con la ráfaga de la calle entrando a toda velocidad, despeinando, haciendo temblar la ropa verde, los grados, y las hendijas. Y sucedió. De improvisto lo miró como por accidente, le pasó por arriba un momento con sus ojos de sueño, y con cada barrida de su mirada, lo encandilaba a él, como si las venas de repente irrigaran nitroglicerina, y se expandiera a todos lados. El sonrió como pudo, pero cuando le sostuvo la mirada, no pudo con tanto sangre-explosiva, y miró al viento, a la lona, a la mujer del niño, al sombrero destripado que tenia un agujero donde no había reparado. “Diablos, dile algo” se decía, pero decidió esperar que la temperatura le bajara, que dejara parecer una persona incandescente, porque ¿que pensaría ella? Pasó un momento que parecieron muchos minutos, o quizá lo fueron, y entonces, se levantó la ‘irradiadora’, y dejó un hueco en el camioncito. “Síguela” se dijo. Pero no se movió. Tenía que ir al centro de la ciudad, a pagar el francés. Le pareció bien a su orgullo esta excusa tonta para no verse rendido, estuvo de acuerdo su timidez tranquila en que, ¡al fin!, se bajara, y su aventura quedó en recorrer media Habana, de anónimo, escondido de sobresaltos, parapetado en sus deberes, enojándose y justificándose constantemente.

Desde entonces cada vez que la Diosa sin Compañía aparece, le agrega nuevos capítulos: el de la chica del pasillo, la estudiante en la parada, la muchacha del mural; a su aventura de auto reproches, y rubor infinito. Y conociéndose un poco más a sí mismo, aunque un poco más viejo, sale aún a la calle a tentar al destino.

No hay comentarios: